Morirse de la dicha

Morirse de la dicha

Sin ironías, dedico este escrito a Eduardo Arias,

A Manuel Carreño, a “Santafecita” y a todos mis hermanos.

En un país como Colombia, donde la gente se “muere” de la risa… o del sueño… o del cansancio; en fin, de tantas cosas en las que la idea de la muerte se vuelve liviana, ha sido fácil regresar al pasado para revisar las imágenes de una infancia tocada, de muchas maneras, por el fútbol.

Vine a la vida en el seno de una familia santafereña por completo… santafereña desde la temprana adopción urbana de mi padre que había nacido en Ibagué, santafereña por vía materna, santafereños todos mis hermanos. Ahora que lo pienso, a pesar de que existía el equipo de los Millonarios, fueron y son todos hinchas de un Santafé que se había cocinado en las jugadas, las gambetas y las atrapadas de míticos “leones” como Julio "Chonto" Gaviria, Oscar Bernau, el "Tigre" Moyano, Luis Vásquez, Antonio Julio De La Hoz, Luis Alberto el "Mono" Rubio, Lires López, Hermenegildo Germán Anton, el "Panameño" Sánchez y "Canoita" Prieto.

Sin embargo, una jugada impensada… maestra, como muchas de las que han hecho grande al glorioso “Ballet Azul” se produjo una tarde en que desplegaron, frente a mis ojos, los escudos de los equipos profesionales colombianos en unas pequeñas fichas de cartón. Aparecieron entonces, acompañados de más o menos estrellas… o de ninguna según el caso, el perfil leopardo del Bucaramanga, el diablito americano, la torrecita ajedrecística del Atlético Nacional… formas, colores, letras… palabras, como en el caso del Deportivo Cali o del propio Santafé; ese día… esa mágica y afortunada tarde elegí a Millonarios; sin saberlo me abrazaba a la historia de un grande, de un campeón con todas sus letras… nada menos que al equipo que hizo babear de la envidia a los santafereños cuando en sus líneas contó con figurones de la talla de Di Stéfano o de Néstor Raul Rossi en un Dorado que celebraron hace poco con una camiseta bastante desafortunada.

Pasaron muchos años para que yo entendiera o quisiera creer que elegí a Millonarios por una afinidad con el único color, solitario, entonces, del campeonato: El ¡azul!... o talvez porque mi nombre se inicia con esa misma letra, la M campeona. Juro por Dios que cuando hice mi elección no conocía su grandeza, su importancia, su historia… ni siquiera su origen o sabía a que ciudad representaba, yo elegí el escudo y con él muchos de los momentos más felices de mi vida aunque también de las celebraciones más solitarias y las derrotas más abrumadoras.

Crecí feliz y conocí a ¡Carrizo! Y me acerqué a Quintana; y disfruté del fútbol elegante de Alejandro Brand y vi correr por entre las piernas contrarias a Oswaldo Mura que vino del Independiente de Avellaneda; a Areán y Ferrero que hicieron lo que les dio la gana con las defensas enemigas; a Juan Gilberto Funes, un toro con dimensiones “Messicas” a los leales Vanemerak, Juárez, Iguarán y, por supuesto, Bonner Mosquera. Podría seguir enumerándolos y no habría cabida en una sola lectura para tanta genialidad.

Pero, en honor a la verdad y a la justicia que debe primar por sobre todo en el deporte, tengo claro que otros hinchas de otras partes pueden hablar en igual sentido de sus equipos: ¿Qué no sentirá un caleño por Jorge Gallego, por Farid Mondragón o por Oscar Córdoba? O un caldense por Galván Rey y Juan Carlos Henao; un paisa por Leonel, por Higuita… barranquilleros y samarios por Valenciano, por el Pibe; un americano por Cabañas, por Anthony de Avila… por Falcioni.

Recuerdo un encuentro con Eduardo Galeano, ese uruguayo indispensable que se rindió ante el hecho de amar el fútbol a través de un equipo, pero ¡el fútbol!, por encima del negocio, de los fanatismos o de las imitaciones de aquellos comportamientos que nada tienen que ver con estas bellas artes ejercidas por veintidós atletas que se disputan la felicidad en una cancha.

Me dejé llevar. Solo quería decir que sin Santafé no somos nada; que ya es hora de volver a tener al América de Cali hombro a hombro para que las estrellas no sepan a las claras dónde caer porque hay dos escudos que las atraen como imanes; que la furia rival que nos separa del Atlético Nacional se inicia a las tres y termina a las cinco… que seguimos esperando y, desde luego, mereciendo una Copa Libertadores como la del Once Caldas que se la arrebató a uno de los mejores equipos argentinos, pero por encima de todo y sin lugar a dudas que, si hay que morirse por el fútbol, yo prefiero ¡morirme de la dicha!  


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