Down by The River

Down by The River

A propósito del Festival de Jazz de Mompox, esta fue la reseña sobre una de las ediciones pasadas sumada a algunas consideraciones en torno a las características que comparte Colombia con Nueva Orleans gracias al encuentro de culturas que en ambos países permite la influencia directa de los ríos más importantes de los dos países. Mississippi y Magdalena traen sobre sus aguas la magia musical que impregna los aires de dos ciudades históricas

Escribo el título en inglés porque voy a hablar de jazz, y es que esta música expresó sus primeras ideas en inglés y jazz se llamó, también en inglés, eso no lo podemos negar.

Muy pronto, camino de Magangué, esa tierra que recreó en una canción nuestro cantor de Fonseca, se me empezó a dibujar en la mente que a ese calor húmedo de las sabanas de Bolívar sólo le faltaban los copos florecidos de algodón para lograr que, así fuera por un momento, viajáramos mentalmente a las riberas del Mississippi en el estado de Louisiana. Para mí, hace ya muchos años, el jazz dejó de ser norteamericano, reveló su realidad ecuménica, para asimilar con buena digestión los aportes venidos de todo tipo de identidades a mezclarse con el sabor y el dolor africano de los esclavos que se tuvieron que resignar al desarraigo.

Pero el escenario… esa tierra feraz en ambos casos, crecida y verde en el trabajo de sus gentes… bañada por el emblema hídrico de cada uno de los países… esa, sí resiste una comparación: Río abajo acometimos una travesía que, en su tiempo, bien describió Mark Twain; los periodistas de hoy no íbamos a tener la oportunidad del encuentro con esos negros maravillosos de overol gastado y pañuelos en el cuello, que se lamentaban en Do con el sonido de unas armónicas introspectivas que dibujaron en el aire una ceremonia triste. A cambio de esa bucólica presencia, los herederos de una música eterna fueron, esta vez, los músicos de la Universidad de Bolívar, ataviados con saxofones, clarinetes, trompetas y flautas que, como cien años antes, regalaron a los viajeros las notas del Caravan de Ellington, de El Manicero de Moisés Simon y de una Momposina que, en los dos días siguientes, íbamos a oír en versiones diferentes.

Como en el caso de la nave mítica de Fellini, el Ferry del Magdalena iguala a quienes jamás hemos sido diferentes… la alegría por la música es la misma y, si nos hubiéramos ahogado, habrían sido vidas iguales las perdidas… Comerciantes; naturales del lugar; familias desplazadas por una violencia inadmisible; niños y niñas con camisetas estampadas y sin ellas, descalzos y felices, como deben ser los niños… turistas y mujeres que se abanican frenéticas para que un zancudo no tenga la oportunidad de arruinar su maquillaje… y nosotros, los periodistas ávidos de encontrar los ingredientes para una historia diferente y nueva… como si fuera posible.

El Ferry, aunque el río siga su camino, no llega hasta Mompox, pero deja en la ribera opuesta un significativo grupo de historias que se dispersan una vez que tocan tierra… suministros, repuestos, víveres, familias que regresan a casa, alguna diligencia laboral y este grupo transitorio de felicidad musical que convertirá a este pueblo colonial de herencia española en un reducto jazzístico por espacio de dos días. Me pregunto cómo trajeron el piano de cola en que Alfredito Rodríguez, de Cuba, dejó el alma y se reinventó Guantanamera… bendito sea Dios que pudo llegar y que con él se diera un punto de partida para que luego de una Overtura de James Bond impresionante, el grandilocuente Alfredo de la Fe le diera fuego a Mompox con Francisco Guayabal, y Oscar Acevedo y Tico dibujaran una acuarela nueva de la Piragua y de sus doce bogas, Jerau jugó de local y ganó. Pero al final, una de las grandes sorpresas la dio el Quinteto de la Universidad de Tennessee que, entre otras cosas fue capaz de ponerle funky a una canción de Roberto Carlos, grandes músicos, desprovistos de toda solemnidad, amigos de todos que dejaron el mejor recuerdo. Cerró Monsieur Periné con la demostración clara del porqué han alcanzado un nivel internacional, coloridos, seguros y divertidos.

Las callecitas de Mompox también tienen ese “no se qué”… iluminadas apenas por faroles centenarios, trazan el camino de vuelta pero sólo para que mañana regresemos a un segundo tiempo no menos emocionante. Conocimos la ciudad en el tránsito urgente para visitar las iglesias inundadas de gospel y de blues en los coros que trajeron las atmósferas de aquellos cantos de trabajo que se transformaron bajo el sol del sur norteamericano a costa de una evangelización no pedida.

En la tarde, las notas de los mismos instrumentos que viajaron en el Ferry se dispersaron solitarias por las calles… desde el río hasta la plazas… de las iglesias al cementerio; y entonces entendí que con este trayecto se completaba la escena: río abajo del Mississippi estaba el Magdalena, y río arriba se vive la tristeza del cementerio blanco de Mompox al son de Saint James Infirmary, en la trompeta de Armstrong para salir luego, liberados, en medio de la marcha de los Santos a una segunda noche en la Plaza de Santa Bárbara.

Volvieron los magos de Tennessee, abrieron con un Spain de Chick Corea pleno de energía… como si supieran que estaban tocando uno de los grandes himnos del jazz contemporáneo; Milton Salcedo, que había iluminado a Barranquilla un mes atrás, se fajó un conciertazo, elegante, único; una colección de piezas que demuestran la real existencia de un jazz colombiano y a él como una de sus figuras fundamentales. La expectativa de oír a un grupo denominado Audio Planeto se disipó a pocas notas del comienzo de su primer tema; aun no me atrevo a definir con términos que resultan, de verdad, innecesarios, una música, madura, seria y mística, cuyas fuerzas vocal y literaria son sus mejores argumentos. ¡Maía descresta! Es que, en serio, es mucho más que una niña bonita, Maía fue el huracán que azotó a Mompox a punta de Bolero, de jazz vocal y de rock anglosajón y, bueno… a Choc Quib Town lo definen mejor los fuegos artificiales que los acompañaron en la despedida, explosivos, sorprendentes… inventan, cada vez, cada uno de sus temas.

Hubo que salir de Mompox porque la vida continúa, y no sé qué tienen estos lugares de Colombia que, en el cariño de sus gentes, en la belleza de sus espacios y en ese aire despreocupado con que deambula la existencia, se queda siempre un pedazo de mi alma.


Concierto de Inauguración II Mompox Jazz Festival


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