La voz del volcán

Alejandra ya se había ido…

Durante algunos meses la voz de Sara se limitó a asomarse, imaginada, en la lectura de algunas frases suyas con las que respondía los requerimientos urgentes que le manifestaba con la inocultable necesidad de conocerla; su cara no era ya un misterio aunque a su bella sonrisa y a su mirada brillante le faltaba el sonido y a veces le sobraba compañía. Uno… claro! le va adjudicando un tono, un timbre… una velocidad idealizadas, ¿cómo no hacerlo? Si, de alguna manera, el curso de los acontecimientos me obligaba a inventarla… a dibujar las piezas de un rompecabezas que aun permanece incompleto aunque ya haya podido reemplazar algunas con pedacitos de realidad que he encontrado en el camino en los últimos días.

La voz de Sara, que es lo último de ella que me ha llegado por ahora, es suave, expresiva; inteligente y divertida como ella y también muy linda, como es ella… se trata de una voz con la que alternar nunca será una carga, de hecho es una voz que se queda como un eco impresa en la memoria… una voz que no llena ni empalaga, dúctil como su pelo y viva como sus ojos. Por eso me atreví a imaginarla como la representación de los más bellos sonidos de una naturaleza que Sara entiende mejor que yo, y me hizo pensar que seguramente la suya jamás será la voz de la tormenta, pero sí la de la lluvia; Sara jamás emitirá el rugido de un huracán pero será la brisa y si es agua no será jamás un temporal pero sabrá llegar como llegan, con su afán juguetón, las olas a la playa.

Fue por eso que oí la voz de Sara cuando a lo lejos escuché que me llamó el volcán, coronado por la blanca fumarola que muy lejos de representar una amenaza, se alza como un adorno de tonos diferentes de blanco sobre el azul lejano que adquieren las montañas siempre que uno las mira con el suspiro respetuoso y enamorado con que se ve la tierra cuando, en la altura, se está a merced apenas de las voces del recuerdo.


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