Alejandra ya se había ido…

Alejandra ya se había ido…

Si yo hubiera sabido que su paso por estas tierras iba a ser tan fugaz, no sé… tal vez no me hubiera molestado en salir de mi casa bajo una lluvia inclemente, incesante… insoportable o, de pronto, por el contrario hubiera ido a su encuentro el día anterior, sobre todo después de haber sabido que su personaje tenía mi nombre y que, como a mí, le gustaba el café negro; y como yo, dormía poco. Tal vez quise creer que Alejandra había escrito sobre mí pero… cómo podía ser posible si nos conocimos el sábado anterior, además ella dijo que se trataba de Cervantes y bueno, no voy a creer que en mí se va a revivir la dualidad de autor y personaje que se da con tanto tino en El hombre de la Mancha.

De cualquier manera, es lamentable que Alejandra se haya ido de repente y que la posibilidad de un café se haya evaporado sin el olor del grano tostado en las máquinas de Juan Valdez, pero eso no es lo peor, lo verdaderamente lamentable es esa posible certeza que ella pudo llevarse, de un incumplimiento… “otro que ofrece y nunca aparece”, debió pensar, ¡mierda!, que injusticia, pero por otra parte, ¿que otra cosa podía pensar?, al fin y al cabo nunca llegué y Chile… Chile queda tan lejos.

Al emprender el regreso con los libros aun en mi poder y todavía bajo la bendita lluvia, quise pensar que el regreso intempestivo de Alejandra hacia su tierra era un viaje a pie y que por ello lo había iniciado tan temprano como lo anunciaron los empleados del hotel. La figura imaginada de una Alejandra empapada por la lluvia, con su abrigo de paño y su arete de pluma… no sé si me nubló los ojos en un arranque compasivo. Cómo iba a llegar después de tanto frío, cómo iba ella a soportar esa travesía andina, inclemente como la lluvia, pesada, difícil… tal vez en su camino iba a nacer una novela o, en el peor de los casos, un cuento… Tal vez recordaría los ojos de alguno de los asistentes a su conferencia… bueno, su mirada. Una caminata tan larga amerita que uno se distraiga con algo y mucho más cuando llueve, la lluvia no es siempre soportable como cuando llueve sobre una playa, que, es curioso, es donde menos se necesita, ¡como si no hubiera agua suficiente!

Pero no, lo peor en realidad no era que Alejandra pensara mal de mí, además, para ser sincero, lo más probable es que ni siquiera me recuerde; yo lo único que hice fue preguntarle un par de tonterías que muy seguramente en otras partes y en otro momento ya se las han preguntado con el mismo convencimiento arrogante de lo inteligentes que somos cuando buscamos la pregunta original… la que a nadie se le hubiera ocurrido.

Alejandra se fue, pasó frente a mí como una ráfaga fresca, inteligente, apurada, un poco con la antipatía propia de quien a sus escasos cuarenta años ya es lo suficientemente conocida como para que la inviten del extranjero a discutir sobre temas literarios… ¿qué más quiere uno que ser reconocido internacionalmente como un interlocutor válido dentro de los límites de su propio oficio?

La realidad se confunde con esta absurda fantasía dictada por la lluvia. Alejandra se había ido pero quien se moja soy yo… quien camina soy yo, ella sin duda redacta su idea de las nubes a muchos kilómetros de altura… traza las palabras exactas para dibujar ese viajecito de dos días que hizo a Colombia mientras yo no atino a saltar apropiadamente los charcos de la calle. No se si alguna vez podrá tener esta amistad, que iba a nacer bajo el influjo de la poesía y envuelta en el aroma de un café… una segunda oportunidad.


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