Alejandra ya se había ido…

Alejandra ya se había ido…

Si yo hubiera sabido que su paso por estas tierras iba a ser tan fugaz, no sé… tal vez no me hubiera molestado en salir de mi casa bajo una lluvia inclemente, incesante… insoportable o, de pronto, por el contrario hubiera ido a su encuentro el día anterior, sobre todo después de haber sabido que su personaje tenía mi nombre y que, como a mí, le gustaba el café negro; y como yo, dormía poco. Tal vez quise creer que Alejandra había escrito sobre mí pero… cómo podía ser posible si nos conocimos el sábado anterior, además ella dijo que se trataba de Cervantes y bueno, no voy a creer que en mí se va a revivir la dualidad de autor y personaje que se da con tanto tino en El hombre de la Mancha.

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Alejandra ya se había ido…

La voz del volcán

Durante algunos meses la voz de Sara se limitó a asomarse, imaginada, en la lectura de algunas frases suyas con las que respondía los requerimientos urgentes que le manifestaba con la inocultable necesidad de conocerla; su cara no era ya un misterio aunque a su bella sonrisa y a su mirada brillante le faltaba el sonido y a veces le sobraba compañía. Uno… claro! le va adjudicando un tono, un timbre… una velocidad idealizadas, ¿cómo no hacerlo? Si, de alguna manera, el curso de los acontecimientos me obligaba a inventarla… a dibujar las piezas de un rompecabezas que aun permanece incompleto aunque ya haya podido reemplazar algunas con pedacitos de realidad que he encontrado en el camino en los últimos días.

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