Daniel era otra cosa...

Daniel era otra cosa...

Nada puede ser a veces más doloroso que seguirle la corriente a los presagios, como alguna vez aconsejó Gabriel García Márquez; surge esta afirmación del hecho de haber recordado hace pocos días al grupo argentino de humor musical Les Luthiers con el propósito de realizar un programa especial, de largo aliento, que “aterrizara” sus ocurrencias en los temas originales que los inspiraron, ya fuera para la burla creativa o para el homenaje emocionado. Entonces se habló de que Daniel Rabinovich había sido reemplazado para la gira “viejos hazmerreíres” al tiempo que Carlos Núñez Cortés, pianista y compositor, adelantó noticias sobre el retiro.

Estas cosas nos enfrían el alma y nos arrugan el corazón porque, de alguna manera, también nos confrontan en nuestro paso por la vida. Les Luthiers son desde hace rato viejos visitantes de la gloria… su trabajo debería ser considerado patrimonio cultural de la humanidad, su vocación literaria ya debería haber recibido, por lo menos, un “príncipe de Asturias” y sus instrumentos deberían hacer parte de la colección permanente de alguno de los grandes museos del mundo.

Daniel se va, seguramente, confundido entre las risas y los aplausos de más de cinco generaciones de latinoamericanos que irremediablemente regresaban a ellos por la vía musical o por la frase oportuna, graciosa… inteligente que siempre logró evadir el agravio y las ofensas en un alarde, además, de absoluta decencia.

En el grupo, cada uno de sus integrantes ocupaba un lugar preciso, el que le permitía un protagonismo ideal que sin embargo era pieza de un engranaje minucioso y estricto como pocos para que no hubiera en ellos vanidades solistas. En el lugar de Daniel, como en el de Marcos, se destaca más la faceta del humorista pleno de recursos que la del músico virtuoso, papel que siempre le ha quedado mejor a Núñez, a López o a Maronna, músicos de profesión de hecho y dueños de repertorios personales en campos eruditos.

La gracia escénica y personal de Daniel es herencia directa de grandes como Chaplin o Marcel Marceau, gracia repentina, oportuna, poética y cargada de ternura… inocente y tan exacta que nunca he podido creer que haya ensayado.

No caeré en el sin sentido de intentar destacar algunos de sus personajes porque la suya, sobre la escena, fue una vida homogénea e impecable que con cada papel refrendaba sus glorias del pasado y le daba nueva vida a cada uno de esos seres que encarnó, sobre la apariencia de ser uno de los tipos más anodinos y elementales de la existencia.

¡Nadie reemplaza a un tipo así!


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