El libro de autógrafos

El primer recuerdo del libro de autógrafos se pierde en la nebulosa de una infancia que, sin saber a qué horas, se llenó de símbolos adultos. No podría explicar por qué la memoria no me remite a otro tipo de objetos… juguetes, por ejemplo.

El libro de autógrafos tuvo siempre, durante los primeros años de mi vida, una magia particular a la que le atribuyo una curiosidad obsesiva en torno a temas muy humanos y sensibles; ¡es más!, creo que empecé a referirme a ese objeto, de esa manera, por el simple hecho de que así era comúnmente mencionado, pero entonces yo no sabía lo que era un autógrafo o lo que significaba; ni siquiera sabía o conocía el hecho de que un libro de autógrafos era parte de una cultura, una costumbre… una obsesión coleccionista como lo son todas; solo sabía que el dichoso libro aparecía y desaparecía como por arte de una magia emparentada directamente con la bohemia ligada a la presencia de algún ilustre visitante que, estimulado por algunos vasos de whisky y alimentado al amanecer con calamares y arroz blanco, le dejaba a Olguita, mi madre, su testimonio de cariño en unas pocas líneas sobre las hojas cuadradas de color habano que lo integran.

Haciendo acopio de memoria, tengo que confesar que no me llega el recuerdo del momento exacto en que el libro aparecía en escena para ser firmado, ni el momento mismo en que sus ilustres visitantes hacían la pausa necesaria para inventarse una frase… un verso… una sentencia amable para esa anfitriona generosa que siempre los hizo sentir mejor que en cualquier otro ámbito; solo sé que me enteraba… probablemente al día siguiente, de que una nueva presencia había dejado su huella con algo del cariño o de la gracia que reflejaban personalmente, o con algo de la imponencia de su carácter y de su oficio avezado de embellecer continuamente la vida de los hombres con la hondura de sus pensamientos.

El libro de autógrafos entra en mi historia, directamente, una noche hace muchos años, de la que, aunque podría investigar con exactitud la fecha, nunca lo he considerado relevante; aun no llegaba a los quince años de edad, vivíamos en una Bogotá que se iluminaba en la noche desde unas tenues y menesterosas luminarias que coronaban los postes de madera que no la dejaban lucir como la capital que era, faltaba aún algún tiempo para que las luces de mercurio le dieran la apariencia de escenario luminoso que lograría competir con el día en total intensidad… claro, sobre ciertas avenidas privilegiadas.

Esa cierta noche parecía ser el momento único para enriquecer la tradición del libro con un autógrafo más, uno de esos que solamente podría ser escrito esa noche porque de no lograrlo, no habría una segunda oportunidad. Como el libro, a partir de ahora, abre sus páginas frente a los generosos y curiosos lectores de esta página, ese preciso autógrafo develará su misterio en el momento en que a su página, cronológicamente le llegue el momento de ser expuesta.

Tengo que ver directamente con el hecho de que esa firma pertenezca a la colección y ese hecho, sucedido hace ya mucho tiempo, me convirtió en el depositario del tesoro que constituye; debo decir que muchas veces me he preguntado si no es acaso una especie de talismán que me convirtió en mucho más que un coleccionista al abrirme en sus páginas a un universo de cultura que hoy ya puedo entender como inagotable.


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